Odio las caras impávidas de los que habitan un bus en hora punta. La cercanía de sus cuerpos junto al mio y las pequeñas guerras que lidiamos por un espacio seguro.
Odio el tiempo compartido entre ellos, extraños sudorosos, inexpresivos, ajenos, invasivos y absortos en pensamientos fantasmas.
Odio las luces de celulares en la penumbra de esta apretada oscuridad que implica el transporte limeño.
Ni corredores ni combis, todos suman tiempos perdidos, permiten silencios incómodos y miradas intrusas que buscan complicidad.
Solo deseo llegar al destino, sin mirar mas allá que la calle, buscando el ralo aire que penetra entre estos cuerpo calientes. Solo espero que el asfalto simule ligereza, y así los extraños que me acompañan, se vayan yendo a sus destinos con sus miradas cómplices, sus silencios inexpresivos y sus cuerpos calientes.
Odio el tiempo compartido entre ellos, extraños sudorosos, inexpresivos, ajenos, invasivos y absortos en pensamientos fantasmas.
Odio las luces de celulares en la penumbra de esta apretada oscuridad que implica el transporte limeño.
Ni corredores ni combis, todos suman tiempos perdidos, permiten silencios incómodos y miradas intrusas que buscan complicidad.
Solo deseo llegar al destino, sin mirar mas allá que la calle, buscando el ralo aire que penetra entre estos cuerpo calientes. Solo espero que el asfalto simule ligereza, y así los extraños que me acompañan, se vayan yendo a sus destinos con sus miradas cómplices, sus silencios inexpresivos y sus cuerpos calientes.
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